De ciudad gris a cielo azul: cómo Pekín logró reducir casi toda su contaminación en solo 12 años

Durante años fue sinónimo de smog y aire irrespirable. Hoy, Pekín es uno de los ejemplos más llamativos de cómo una megaciudad puede mejorar su calidad del aire con políticas públicas sostenidas y decisiones estructurales.

Hace poco más de una década, respirar en Pekín era un problema cotidiano. En 2013, la concentración de partículas PM2.5 —las más peligrosas para la salud— alcanzaba los 89,5 microgramos por metro cúbico, muy por encima de cualquier estándar aceptable. Doce años después, ese valor cayó a 27 microgramos, una reducción cercana al 98% que transformó por completo el paisaje urbano y la vida diaria de sus habitantes.

El impacto es visible y medible. En 2025, la capital china registró 311 días con niveles de aire buenos o aceptables, la cifra más alta desde que existen registros sistemáticos. En contraste, a comienzos de la década pasada eran frecuentes los episodios de contaminación severa, con cielos cubiertos y alertas sanitarias recurrentes.

El cambio no fue casual ni rápido. El punto de inflexión llegó en 2013, cuando las autoridades locales y nacionales lanzaron un plan integral contra la polución atmosférica. Desde entonces, Pekín aplicó restricciones al tráfico, endureció los controles sobre la industria y renovó de manera masiva su sistema de transporte.

Uno de los factores decisivos fue la electrificación del parque automotor. Hoy circulan más de 1,3 millones de vehículos eléctricos y estos representan más de la mitad de las nuevas ventas. A esto se sumó una fuerte expansión del transporte público, junto con incentivos para abandonar los autos más antiguos y contaminantes.

La energía también jugó un rol clave. Actualmente, el 36% de la electricidad que consume la ciudad proviene de fuentes renovables como la solar, la eólica y la hidroeléctrica. Según las autoridades ambientales, la mejora no se explica por condiciones climáticas favorables, sino por una reducción constante de las emisiones del tráfico y la industria pesada.

Aunque Pekín todavía no alcanza los valores recomendados por la Organización Mundial de la Salud, el ritmo del descenso no tiene precedentes recientes. La experiencia demuestra que incluso las grandes metrópolis pueden revertir escenarios críticos si sostienen políticas ambientales a largo plazo. Lo que antes parecía imposible, hoy forma parte del paisaje cotidiano: un cielo azul donde antes dominaba el gris.

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