En la última década, el oro y la plata pasaron de ser activos defensivos subestimados a protagonistas del nuevo escenario financiero global. Crisis, inflación, emisión monetaria y tensiones geopolíticas redefinieron su rol y dispararon precios que pocos anticipaban. Un repaso clave para entender por qué hoy vuelven a estar en el centro de la escena.
Hace diez años, en 2016, el mercado de metales preciosos atravesaba un período de relativa calma. El oro cotizaba en torno a los 1.100–1.300 dólares la onza, mientras que la plata luchaba por sostenerse por encima de los 15 dólares. En aquel momento, el optimismo por la recuperación económica global y la fortaleza del dólar mantenían a raya a los refugios tradicionales.
Sin embargo, ese equilibrio comenzó a resquebrajarse. Entre 2018 y 2019, las primeras señales de desaceleración global, sumadas a las tensiones comerciales entre Estados Unidos y China, impulsaron una recuperación gradual del oro, que volvió a posicionarse cerca de los 1.500 dólares. La plata acompañó, aunque con menor intensidad, reflejando su doble condición de metal monetario e insumo industrial.
El verdadero punto de inflexión llegó en 2020. La pandemia, los cierres económicos y la respuesta sin precedentes de los bancos centrales marcaron un antes y un después. La expansión monetaria masiva y las tasas de interés cercanas a cero llevaron al oro a superar los 2.000 dólares por primera vez en la historia, mientras que la plata protagonizó uno de los rallies más violentos de su historia reciente.
Tras ese shock inicial, el período 2021–2022 mostró mayor volatilidad. La inflación global volvió a escena, pero el endurecimiento monetario de la Reserva Federal contuvo parcialmente las subas. Aun así, ambos metales lograron consolidarse muy por encima de los niveles previos a la pandemia, confirmando un nuevo piso estructural.
Desde 2023 en adelante, el escenario volvió a cambiar con fuerza. El cuestionamiento al sistema financiero internacional, la acumulación récord de oro por parte de bancos centrales y la creciente desconfianza en las monedas fiduciarias impulsaron una nueva etapa alcista. El oro rompió sucesivos máximos históricos, mientras que la plata se benefició de la explosión de la demanda vinculada a la electrificación, la energía solar y las nuevas tecnologías.
En el balance de la última década, el resultado es contundente: el oro multiplicó varias veces su valor y la plata mostró rendimientos aún más agresivos, aunque con mayor volatilidad. Más allá de los números puntuales, ambos metales demostraron su capacidad para preservar poder adquisitivo en contextos de crisis prolongadas.
Hoy, con un sistema financiero más frágil, altos niveles de deuda y crecientes tensiones geopolíticas, el recorrido de los últimos diez años funciona como advertencia y aprendizaje. Para muchos ahorristas, el oro y la plata dejaron de ser una cobertura ocasional y pasaron a ocupar un lugar estructural en las estrategias de resguardo patrimonial.
Por Pablo Moro para Difusión Empresarial
