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Economía

Energía en alza y alimentos bajo presión: el impacto global que ya preocupa al campo argentino

Energía en alza y alimentos bajo presión: el impacto global que ya preocupa al campo argentino

El aumento de los costos energéticos por el conflicto en Medio Oriente empujó un alza del 2,4% en los precios globales de los alimentos en marzo. Aunque la oferta de cereales amortiguó la suba, crece la preocupación por el impacto en la próxima campaña agrícola y en la inflación local.

El mercado internacional de alimentos volvió a mostrar señales de tensión en marzo. Según la FAO, su índice de precios registró un incremento mensual del 2,4%, impulsado principalmente por el encarecimiento de la energía.

Detrás de esta dinámica aparece un factor clave: el conflicto en Medio Oriente, que elevó los precios del petróleo y, con ellos, los costos de producción agrícola a nivel global. Sin embargo, la suba no fue más pronunciada gracias a un elemento que actuó como contrapeso: la abundante oferta mundial de cereales.

El economista jefe del organismo, Máximo Torero, señaló que el impacto ha sido hasta ahora moderado, aunque advirtió sobre riesgos a futuro si la situación se prolonga.

El aumento en los precios de la energía no solo afecta el transporte o la logística: también repercute directamente en insumos clave como los fertilizantes. Un caso emblemático es la urea, uno de los más utilizados a nivel mundial, cuyo precio se disparó cerca de un 40% en marzo.

Este salto responde, en gran medida, al encarecimiento del gas, materia prima esencial para su producción. El efecto es inmediato: mayores costos para los productores y presión creciente sobre toda la cadena alimentaria.

En Argentina, el impacto se siente con especial fuerza. La urea se utiliza principalmente en cultivos estratégicos como el trigo y el maíz, pilares tanto del consumo interno como de las exportaciones.

Si bien la actual cosecha gruesa no está comprometida —ya que los fertilizantes fueron aplicados previamente—, el foco de preocupación está puesto en la próxima campaña de trigo.

Frente a costos más elevados, los productores podrían tomar decisiones defensivas: reducir el uso de insumos, sembrar menos superficie o incluso cambiar de cultivo. Cualquiera de estos escenarios implicaría menores rendimientos.

El efecto dominó no tardaría en aparecer: menos producción podría traducirse en mayores precios para alimentos básicos como harina, aceites y carnes, alimentando la inflación.

El panorama, por ahora, se mantiene en una tensa estabilidad. La oferta global de cereales funciona como amortiguador, pero no alcanza para disipar las incertidumbres.

Si el conflicto internacional se extiende y los costos energéticos continúan elevados, el impacto podría trasladarse con mayor fuerza a la producción agrícola y, en consecuencia, a los precios de los alimentos en los próximos meses.

En ese contexto, el campo —y especialmente países productores como Argentina— queda en el centro de una ecuación cada vez más compleja, donde la energía, la geopolítica y la producción de alimentos se entrelazan de manera decisiva.