Tras la abrupta salida de Nicolás Maduro del poder, los mercados evaluaron el impacto del cambio político en Venezuela y Goldman Sachs fue categórico: la oportunidad de inversión no está en el país, sino en la solidez de una petrolera global.
La caída del régimen de Nicolás Maduro reactivó el interés internacional sobre Venezuela y, en particular, sobre su industria petrolera. Con las mayores reservas probadas de crudo del mundo y una infraestructura estratégica pero deteriorada, el país volvió al radar de inversores y analistas financieros.
En ese contexto, el mercado miró de inmediato a Chevron, la única gran petrolera estadounidense que mantuvo operaciones en Venezuela a través de asociaciones con PDVSA, bajo licencias específicas del Tesoro de Estados Unidos. Sin embargo, el entusiasmo inicial dio paso a un análisis más frío.
Según Goldman Sachs, la exposición de Chevron a Venezuela es marginal: aunque produce más de 200.000 barriles diarios en el país, eso representa apenas entre 1% y 2% de su flujo de caja operativo. Incluso una normalización política completa no alteraría de forma decisiva la valuación de la compañía.
El banco de Wall Street ratificó su recomendación de compra del CEDEAR de Chevron, destacando que el verdadero valor está en sus fundamentals. La petrolera proyecta un crecimiento superior al 10% anual en su flujo de caja libre hasta 2030, con un precio del Brent conservador de 70 dólares por barril. Sus principales motores son el Permian Basin, Kazajistán, el Golfo de Estados Unidos y Guyana, mientras que Venezuela aparece como un activo opcional de largo plazo.
A esto se suma una fuerte disciplina de capital, menores inversiones, reducción de costos y una agresiva política de retornos al accionista, con recompras de acciones, dividendos cercanos al 4,5% y un balance sólido. Para Goldman Sachs, el ruido geopolítico no cambia la historia central: Chevron sigue siendo una apuesta defensiva y atractiva dentro del sector energético.
