En el sur profundo de Mendoza, Malargüe ofrece algo cada vez más escaso: naturaleza en estado puro, identidad cultural viva y un ritmo que invita a quedarse. Volcanes, cavernas, estrellas y tradiciones se combinan en un destino que no necesita exagerar para enamorar. Malargüe no se parece a ningún otro rincón de Mendoza. Aquí el paisaje se abre, el cielo se agranda y la sensación de estar lejos —de verdad— se vuelve parte de la experiencia. Ubicada en el extremo sur de la provincia, esta ciudad es puerta de entrada a la Patagonia mendocina y punto de encuentro entre la cordillera, la estepa y una cultura profundamente arraigada a la tierra. El viaje hacia Malargüe ya anticipa lo que vendrá: rutas largas, horizontes amplios y una geografía que cambia sin pedir permiso. Volcanes apagados, campos de lava, montañas y formaciones únicas como la Payunia, uno de los mayores campos volcánicos del planeta, convierten al entorno en un escenario casi lunar. No es casual que este destino atraiga tanto a viajeros curiosos como a científicos y amantes de la fotografía. Pero Malargüe no es solo paisaje.

Es también aventura. Las Cuevas de las Brujas, con su recorrido subterráneo de estalactitas y pasadizos, invitan a explorar las entrañas de la montaña. En invierno, Las Leñas posiciona a la ciudad como uno de los centros de esquí más importantes del país, mientras que el resto del año el turismo activo se apoya en trekking, termas, pesca y excursiones de alta montaña. Hay otro atractivo que se vive de noche: el cielo. Malargüe es reconocida como Capital Nacional de la Observación Astronómica, y no es un título decorativo. La baja contaminación lumínica permite observar estrellas, planetas y constelaciones con una claridad que sorprende incluso a los más escépticos. Mirar el cielo aquí no es un complemento: es una experiencia en sí misma. Y si de identidad se trata, estos días la ciudad late con más fuerza. La Fiesta Nacional del Chivo, una de las celebraciones más representativas del sur mendocino, reúne gastronomía típica, música, danzas y tradiciones que hablan del verdadero espíritu malargüino. El chivo, emblema regional, no es solo un plato: es historia, trabajo rural y cultura compartida alrededor del fuego y la mesa. Malargüe no busca parecerse a otros destinos ni competir con modas pasajeras. Su valor está en lo auténtico, en lo que se mantiene intacto, en ese equilibrio poco común entre naturaleza, cultura y silencio. Malargüe no se recorre apurado: se vive despacio, se escucha y se guarda. Porque hay lugares que no se visitan… se sienten.

Walter Camerano Periodista especializado en Marketing y Merchandisign
