En el norte de Brasil, Barreirinhas se consolida como la puerta de entrada a los impresionantes Lençóis Maranhenses, un parque nacional donde dunas blancas y lagunas cristalinas forman uno de los ecosistemas más singulares del planeta.
En el extremo norte de Brasil, la ciudad de Barreirinhas emerge como el principal acceso al Parque Nacional dos Lençóis Maranhenses, un escenario natural que combina desierto, agua y vida en una armonía pocas veces vista. Allí, las dunas blancas se extienden hasta el horizonte y se transforman según la temporada: en invierno, las lluvias forman miles de lagunas turquesas que salpican el paisaje; en verano, el agua se retira y revela un vasto mar de arena.
Este fenómeno convierte al parque en un ecosistema frágil y dinámico. Cada ciclo de lluvias trae consigo una explosión de vida: peces que aparecen misteriosamente en las lagunas efímeras, aves migratorias que encuentran refugio temporal y plantas adaptadas a la alternancia entre sequía y abundancia.
Entre los puntos más visitados se destacan Lagoa Azul y Lagoa Bonita, dos espejos de agua templada rodeados de dunas que pueden alcanzar los 40 metros de altura. Los visitantes suelen recorrer el parque a pie, en excursiones guiadas o en vehículos 4×4 autorizados que avanzan por los senderos arenosos. Al atardecer, el paisaje se vuelve una pintura viva: los reflejos dorados y rosados del sol iluminan las ondulaciones de las dunas.
Además de su atractivo visual, los Lençóis Maranhenses son un importante refugio ecológico para la fauna del nordeste brasileño, albergando especies acuáticas y migratorias que dependen del ciclo hídrico para reproducirse o alimentarse.
Barreirinhas ha sabido convertir este patrimonio natural en un modelo de ecoturismo sostenible. Las comunidades locales promueven actividades de bajo impacto, como caminatas interpretativas donde guías explican la formación geológica del desierto y la biodiversidad que lo habita. También son populares los paseos en lancha por el río Preguiças, que serpentea entre manglares, palmerales y aldeas de pescadores hasta llegar al Faro de Mandacaru, un mirador natural que domina el delta.
En las localidades vecinas, como Atins y Santo Amaro, el ecoturismo se complementa con deportes de viento como el kitesurf y con propuestas de turismo comunitario que fortalecen la economía local sin alterar el equilibrio ambiental.
