Con altas temperaturas y falta de agua, los cultivos de gruesa atraviesan momentos críticos. Desde Aapresid analizan el rol de los bioinsumos como una herramienta preventiva para ayudar a las plantas a tolerar mejor el estrés y sostener el rendimiento en escenarios adversos.
Durante los meses de verano, el estrés hídrico y térmico se convierte en uno de los principales desafíos para los cultivos de soja y maíz. En este contexto, los bioinsumos aparecen como una alternativa para acompañar a la planta y ayudarla a atravesar mejor situaciones de sequía y calor extremo.
Según explicó Alfredo Curá, especialista de la Red de Biológicos de Aapresid, estos productos no actúan sobre el ambiente, sino que ayudan a la planta a regular su propio metabolismo frente al estrés. “Buscan que el cultivo mantenga su funcionamiento el mayor tiempo posible”, señaló.
Dentro de este grupo se destacan las rizobacterias promotoras del crecimiento vegetal (PGPR), microorganismos que interactúan con la planta y favorecen procesos clave como el desarrollo radicular, la absorción de agua y nutrientes, la regulación hormonal y el mantenimiento de la fotosíntesis. Si bien no eliminan el impacto del estrés, permiten atenuarlo y retrasar el deterioro del cultivo.
La clave para lograr buenos resultados está en el manejo. El estado del cultivo, el momento de aplicación, el producto elegido y las condiciones ambientales influyen directamente en la respuesta a campo. “Muchas veces la variabilidad en los resultados se explica por errores en estas decisiones o por generar expectativas que la tecnología no puede cumplir”, aclaró Curá.
Desde Aapresid destacan que el uso de bioinsumos debe pensarse como una estrategia preventiva. Con costos que rondan entre 3 y 5 dólares por hectárea, su incorporación puede marcar la diferencia en campañas secas. En ensayos realizados por la Red de Biológicos, en escenarios de sequía severa, lotes tratados lograron sostener rendimientos cercanos a los 1000 kilos de soja, frente a testigos con apenas 200 o 300 kilos.
Los ensayos de la campaña 2024/25, realizados en seis sitios desde Buenos Aires hasta Tucumán, mostraron respuestas variables. En algunos casos se lograron aumentos significativos de rendimiento, mientras que en otros no se observaron diferencias. El desafío hacia adelante será entender en qué condiciones estos bioinsumos expresan mejor su potencial.
Finalmente, los técnicos remarcan que los bioinsumos no reemplazan a la fertilización, la genética ni las buenas prácticas agrícolas, sino que funcionan mejor cuando se integran dentro de un manejo agronómico planificado.
